DIE ZAUBERFLÖTE – Teatro Municipal de Temuco. 2018

La trascendental ópera de Mozart se presentó en el Teatro Municipal de la sureña ciudad, con dirección escénica de Gonzalo Cuadra.

Luego de ver “La Flauta Mágica” en el Teatro Municipal de Temuco, no parece absurdo simplemente imaginar que esta producción le hubiese encantado a Emanuel Schikaneder, el hombre de teatro que concibió en 1791 esta creación como una suerte de ópera popular, y que convenció a Wolfgang Amadeus Mozart para que aportara una música que, gracias a su genio, se transformó en la joya musical que pavimentaría el desarrollo de la lírica germana.

Y es que el fuerte de la puesta en escena firmada por un inspirado Gonzalo Cuadra, es que busca potenciar a los personajes, volverlos carismáticos, de paso resaltando cada aspecto humorístico de la pieza. El marco para esto es la escenografía y la iluminación de Patricio Pérez, que recrean un enorme invernadero, con paneles dispuestos en tres planos para las proyecciones escenográficas de Álvaro Lara. El total es colorido, funcional a la ágil dirección actoral, y en sintonía con el hermoso y detallista vestuario de Tatiana Messina.

Muy parejo resultó el nutrido elenco que requiere la obra. El bajo-barítono David Gáez, con voz profunda, dio vida a un Sarastro de plena autoridad. La soprano Andrea Aguilar hizo valer su destacada posición en el medio local como una sensible Pamina, excelente en lo musical. Tamino estuvo en manos de Iván Rodríguez, que tiene un bello timbre, pero poco volumen, y su desempeño en escena fue más bien plano. Madelene Vásquez dio todo de sí como la Reina de la noche, añadiendo la dosis justa de dramatismo. Rodrigo Quinteros fue un simpático Papageno, certero en su canto y su actuación, y tuvo un adecuado complemento en la Papagena de Natalia Contreras.

El trabajo del Coro del Municipal de Temuco estuvo a la altura. Este fue preparado por Daniel Farías, quien además interpretó a Monostatos. En cuanto al resto del elenco, los roles menores no conocieron fallas. Vayan aplausos para las tres damas (Soledad Mayorga, Jenny Muñoz, Francisca Muñoz), los tres genios (Andrea Betancur, Cecilia Aguayo, Mauricio Arriagada), los sacerdotes (Felipe Gutiérrez, Cristián Moya) y el orador (Jaime Moncada).

Frente a la Filarmónica de Temuco estuvo su titular, David Ayma, y su dirección resultó carente de un espíritu especial. Una lectura suficiente, pero llena de dureza en el sonido orquestal, y con más ripios de los deseables. Eso sí, esta orquesta posee un enorme potencial, y eso se aprecia el trabajo individual de ciertos solistas. En esto caso, impecables fueron los solos de la flautista Jimena Soto.

Ver tan buen nivel de producción es motivo de alegría para el desarrollo que está teniendo la ópera fuera de Santiago. Y no olvidemos que el mismo fin de semana se realizó “La Boheme” en la ciudad de Talca. Para los asiduos al teatro temuquense, la ópera es el evento del año. Así debiese ser en cada capital regional.

(“Colorida “Flauta Mágica” en Temuco” / Álvaro Gallegos / ADN Radio, 20 de Noviembre de 2018)

Histórico concierto con arias de óperas chilenas.

Poco público hubo el lunes en la Sala América de la Biblioteca Nacional en un concierto que bien puede ser declarado “histórico”. No había más de 30 personas para escuchar un repertorio olvidado y de gran interés: arias de óperas chilenas. Partituras cuyos compositores sufrieron la postergación y el desdén de una sociedad que así quería que Chile tuviera títulos líricos propios, pero que a la vez desconfiaba de la capacidad de los músicos nacionales para lograr productos a la altura. Como decía el tenor Gonzalo Cuadra, responsable de la investigación, el rescate y la dirección musical, componer óperas en el Chile de fines del siglo XIX y comienzos del XX, fue una verdadera “épica musical”.

El concierto -parte de la X Temporada del Instituto de Música de la Universidad Alberto Hurtado- comenzó con tres fragmentos de la ópera “Velleda”, de Raoul Hügel (1879-1973), compuesta en 1898 y estrenada en 1902. El precoz Hügel creó una decena de títulos líricos -como “Herta” (1898, perdida y “primera ópera compuesta por un chileno en ser oída en el extranjero”, como explicó Cuadra) y “Ghismonda” (1898)-, y “Velleda” fue el único que logró estrenar en Chile. La “Canción del niño pescador” (cantada por la soprano Nicole Galleguillos) y la escena y aria de Velleda (por la soprano Soledad Mayorga) develaron el gusto lírico de la época por el drama intenso de la llamada “Giovane Scuola” (Mascagni, Leoncavallo, Cilea), con líneas musicales que recuerdan a Wagner, especialmente evidente en los fragmentos escogidos de “Ghismonda”, con texto en alemán, de la que el barítono Cristián Moya cantó “Liebe tauschend” y el tenor Rony Ancavil, “Sei mir gegrüst”.

De Eliodoro Ortiz de Zárate -compositor de la primera ópera criolla, “La fioraia di Lugano” (1895), perdida- se pudieron escuchar dos arias de “Lautaro”: “O nume splendente” y la escena final de Guacolda. Ortiz de Zárate (1865-1953) consiguió que la compañía italiana que actuaba en el Municipal en 1902 cantara su “Lautaro”; el rol de Guacolda fue asumido por la entonces famosa soprano Celestina Boninsegna. Esta vez, el desafiante cometido estuvo a cargo de la caudalosa voz de Soledad Mayorga. Nuevamente, aquí la moda de las óperas italianas impone los términos del canto spianato típico del verismo, a lo que se suman guiños a la Grand Opéra y otra vez a Wagner (en este caso, “Lohengrin”).

Remigio Acevedo Gajardo (1863-1911) estrenó el primer acto de su “Caupolicán” en 1902, que recién se presentó completa en 1942. Aunque la partitura está en español y en italiano, siempre se escuchó en Chile en español; fue la única ópera chilena hasta ese momento -según asevera Gonzalo Cuadra- que no se cantó en italiano o alemán, un asunto que respondía a “la industria” de esos años: así como los egipcios de “Aida” (Verdi) cantan en italiano, los mapuches también lo hicieron. En esta oportunidad se ofreció la versión en italiano del aria de Ercilla “Al rumor della battaglia”, interpretada por el bajo-barítono Matías Moncada, y “Oh! Guerrieri della Patria”, aria de Caupolicán, en voz de Rony Ancavil.

El programa siguió con “Ya me embarga la ceniza” (por la mezzosoprano Belem Abraham), de “La Cenicienta”, de Pedro Humberto Allende (1885-1959), con texto de Ikela Allende, escrita para ser presentada en un colegio de señoritas de la época, y terminó con “El Corvo” (compuesta en 1939), de Remigio Acevedo Raposo (1896-1951), hijo del compositor de “Caupolicán”. “El Corvo” es un título de carácter nacionalista con resonancias folclóricas y populares que nunca fue estrenado y del que se interpretaron el aria de Rosa “Ay, mi corazón” (por Nicole Galleguillos), el solo de Corvo “Si tú no me quieres” (Cristián Moya) y la canción de Pedro “Vuela, mi alma, hacia la era” (Rony Ancavil). Todo el programa contó con la colaboración de la pianista Yudalis Perdomo.

Juan Antonio Muñoz H.
1 de Noviembre, 2017, Cultura – El Mercurio

Investigan centenarias óperas chilenas.

El tenor y musicólogo Gonzalo Cuadra presenta hoy un nuevo capítulo de su profunda investigación sobre la creación lírica nacional que se abrió paso entre 1898 y 1950. Aunque Cuadra lleva ocho años investigando, sólo ha encontrado las partituras de 9 títulos. “La ópera nacional fue una épica contra el desdén de la intelectualidad, la desaprobación de la oligarquía, el menosprecio de los cantantes y la ausencia de una industria lírica”, asegura Cuadra.

“La ópera es una industria con muchos roles, desde la persona que cose un botón hasta quien la compone y canta. Y como aquí no había una industria lírica nacional, los compositores chilenos tenían que hacerlo todo. ¡Incluso costearlo!”, explica. Pese a los obstáculos, algunos emprendieron la tarea: “Cada partitura da muestra de oficio y nivel”, dice.

Hoy, a las 19 horas en la Sala América de la Biblioteca Nacional (gratis), la temporada de la U. Alberto Hurtado presenta el concierto “Ópera Nacional”, bajo la dirección artística de Cuadra. Una serie de solistas vocales serán acompañados al piano por Yudalys Perdomo.

“Vamos a volver a oír óperas que se escucharon en el estreno y nunca más, como ‘Lautaro’, de Eliodoro Ortiz de Zárate; óperas que se estrenaron tras la muerte del compositor, como ‘Caupolicán’, de Remigio Acevedo Guajardo, y óperas que nunca se han oído, como ‘Ghismonda’, de Raoul Hügel”.

Romina de la Sotta Donoso
30 de Octubre, 2017, Cultura – El Mercurio

COSÌ FAN TUTTE – Teatro Municipal de Temuco. 2017

“El tenor Gonzalo Cuadra lleva años dedicado también a la dirección escénica, en general en teatros de regiones. Es ahí donde ha dado curso y brío a su ingenio, en producciones que llevan su sello tan personal y en las que observa las tramas y los personajes de las óperas desde una óptica diferente. Así ha sido con títulos como “La Traviata”, “Don Giovanni” o “Acteón”, por nombrar solo algunos.

Esta vez, en el Teatro Municipal de Temuco, sus ideas sirven a una desopilante versión de “Così fan tutte” (Mozart), cuya trama urde un enredo de infidelidades que se presta para desarrollar un juego lúdico, divertidísimo de principio a fin, incansable en ocurrencias y cientos de detalles que involucran a fondo el talento actoral de los cantantes, incluidos baile individual y coreografías grupales que hasta recuerdan “El lago de los cisnes”.

Con una habilidad pasmosa para “mover” la escena, Cuadra traslada la acción a los años 70 del siglo XX, y allí Fiordiligi y Dorabella son algo así como ex egresadas de una universidad acreditada, mientras que sus novios son “de otro pelo” y están dispuestos a apostar por la fidelidad de sus prometidas.

Con vestuario de Tatiana Messina e iluminación de Patricio Pérez, a veces con la acción delante de la cortina y otras propiamente en el escenario, el cuento avanza de manera vertiginosa, sin jamás cansar. Cuadra tiene aciertos notables: el coro (director Daniel Farías) canta desde la parte de atrás del teatro, sin intervenir en medio de los seis protagonistas, produciendo una atmósfera sonora envolvente; hace participar a la orquesta en las transiciones dramáticas y en algunos guiños de comedia (la alusión a la marcha nupcial de “Lohengrin”, por ejemplo), y aborda directamente la parodia de las llamadas arias di simili (de comparación) de la antigua ópera seria al momento de cantar “Come scoglio”, con Fiordiligi haciendo “su escena” mientras los demás personajes se convierten en su público.

Es verdad que en este gran divertimento se olvida un tanto el cinismo de la historia, como también la decepción respecto del amor que esta trasunta, pero el espectáculo funciona.”

(“Desopilante Mozart en Temuco” / El Mercurio, 23 de Octubre de 2017)

LUCIA DI LAMMERMMOR – Corporación Cultural de la Universidad de Concepción. 2017.

“El amor, la locura y la tragedia desatados… Una versión impecable y muy de acuerdo a nuestros días … Todo esto, ambientado con gran maestría, aprovechando cada espacio del escenario para generar esta atmósfera de tensión y tristeza. Detrás de este logro, está el trabajo de Gonzalo Cuadra, en la dirección de escena y Patricio Pérez en la Iluminación. Un escenario como nunca antes habíamos visto, acompañado de simbolismos, imágenes, castillos, naturaleza que se combinan para aumentar aún más nuestra conexión con la historia.”

(El Diario de Concepción, 26 de Agosto de 2017)

“…Esta versión de la Corporación Cultural Universidad de Concepción tiene aspectos de gran interés. El equipo liderado por Gonzalo Cuadra (director de escena) y Germán Droghetti (escenografía y vestuario) optó por una puesta bastante tradicional, aun cuando trasladó la trama de la ópera desde el siglo XVII al XIX. Se enfatizaron los tintes de la venganza que Edgardo, el enamorado de Lucia, anida contra la familia de esta, y se vinculó la tragedia de la protagonista con el sometimiento en que vive el género femenino en muchas sociedades contemporáneas, como también con la violencia ejercida sobre la mujer. Esto se explicita en las animaciones digitales (Daniel Flores) que enmarcan la escena de locura y a través de las cuales, además, se sitúa la acción en esos castillos, abadías y cementerios de las Highlands de Escocia, lo cual insufla magia visual a la producción.

Este ambiente propio de novelas de espíritu “gótico” sirve bien a la trama y a la atmósfera lúgubre que la ópera tiene. Una suerte de insanía mental proyectada en imágenes fantasmales y ruinas, que, desde la melancolía y la nostalgia inicial, alcanzan un grado absoluto de distorsión cuando Lucia, ensangrentada y puñal en mano, entra a escena tras el asesinato del marido.

Hay otros momentos cautivantes, como el curioso baile de Lucia con su hermano Enrico en el primer acto, que encuentra su réplica pavorosa en la escena de la locura, o el suicidio ulterior de Edgardo con el mismo puñal usado por su amada, que llega a sus manos a través del clérigo Raimondo Bidebent. Este, por su parte, es ciego -una metáfora para la falta de visión eclesial- y deambula acompañado por un niño que hace las veces de lazarillo. No es esa la única función que cumple el infante: en el momento en que Lucia acepta el matrimonio impuesto, el chico, que lleva en sus manos una muñeca, la desarma y la deja sin brazos. Tuvo un buen resultado también la escena final, bajo la lluvia, con los miembros del coro premunidos de paraguas. (“Donizetti brilla en el Bio Bio.”

(El Mercurio, 25 de Agosto de 2017)

L’ELISIR D’AMORE – Corporación Cultural de la Universidad de Concepción. 2016.

“Una versión que es una fiesta de principio a fin, en una puesta dirigida por Gonzalo Cuadra, con escenografía y vestuario de Germán Droghetti. Un espectáculo feliz y joven que comunica alegría de vivir y que no olvida la melancolía, elemento clave de la partitura de Gaetano Donizetti.

Un vestuario vistoso con elementos de los años sesenta -faldas plato, soquetes blancos sobre el tobillo, moños altos- y una escenografía minimalista que incluía proyecciones fueron el marco ingenuo y con toques kitsch que arropó esta historia de amor que Cuadra y Droghetti recrearon poniendo atención en la figura de Adina. Ella resulta ser el alma del lugar y la meta del despistado Nemorino, convertido aquí en un corpóreo de oso con el que promueve una marca con el nombre de su desdeñosa amada, Adina’s, quien reina como plenipotenciaria en todos los espacios posibles del lugar: un hotel, una agencia de matrimonios, un cabaret, un restaurant… Toda esta locura está bien llevada, entretiene y no molesta, porque el disparate no olvida ni la naturaleza amorosa ni la intimidad. Así, por ejemplo, la celebérrima aria “Una furtiva lagrima” es cantada en un ambiente lunar bañado de azul (iluminación de Patricio Pérez).” (“Concepción presenta un Donizetti que es una alegre fiesta con cotillón”

(El Mercurio, 31 de Julio de 2016)

DIE ZAUBERFLÖTE – Corporación Cultural de la Universidad de Concepción. 2015.

“Las ideas de régie son de verdad imaginativas, como es habitual en los trabajos de Gonzalo Cuadra. En especial su tratamiento coreográfico para las tres damas; el baile que improvisa en su aria de entrada la Reina de la Noche; el matrimonio de Papageno y Papagena, con lanzamiento del ramo incluido; la fiesta de magia con la que se resuelve el paso por el fuego y el agua de los protagonistas; los aspectos circenses delirantes que pone en escena (convierte a los hombres armados en una pareja de siameses).”

(El Mercurio, 29 de Agosto 2015)

Al rescate de la ópera chilena.

El tercer concierto de la temporada de la Universidad Alberto Hurtado presentó fragmentos de pioneras creaciones líricas, como “Lautaro” de Eleodoro Ortíz de Zárate, puestas en contexto por el investigador Gonzalo Cuadra en lo que constituyó un valioso concierto didáctico.

Desde hace un tiempo que se percibe en el medio artístico nacional un interés por la ópera hecha en Chile. Es decir no a nivel de cultivo de las obras del canon sino en cuanto a creación de estas. Los propios compositores actuales están mostrando esa inquietud, con óperas a gran escala (como “Viento Blanco” de Sebastián Errázuriz o “Renca, París y Liendres” de Miguel Farías), o en propuestas más abstractas de teatro musical y también óperas de cámara.

Desde el propio consumidor de música y el interesado operático empieza a aparecer también la pregunta, ¿y qué pasa con la ópera chilena histórica? Un repaso por nuestra historia cultural nos mostrará que el género no ha sido sistemáticamente tratado por nuestros compositores por diversos motivos, pero algo de ópera chilena ha habido desde 1895, cuando se estrenó “La Florista de Lugano” de Eleodoro Ortiz de Zárate. No hubo desarrollo continuo eso sí, y todavía hay títulos de compositores de generaciones intermedias como Juan Orrego-Salas, Gustavo Becerra o León Schidlowsky, que están ahí guardadas, esperando el momento en que se puedan montar como es debido.

Pero yendo a los inicios de la ópera en Chile, lo que hizo el Instituto de Música Universidad Alberto Hurtado en el tercer concierto de su temporada, fue realmente algo notable. Se echó mano a fragmentos de óperas chilenas de larga data, algunas de las cuales no se escuchan desde hace más de cien años. Todo se basó en una investigación llevada a cabo por el regisseur Gonzalo Cuadra. El propio Cuadra sirvió de maestro de ceremonias, comentando, explicando, contextualizando los fragmentos que pudo escuchar el público que repletó la Sala América de la Biblioteca Nacional. Este carácter didáctico le otorgó un alto valor a este evento, que esperamos que abra nuevos caminos al verdadero rescate de estas obras, y que algún día, tanto las que se montaron como las que no, puedan ser apreciadas por los amantes de la ópera de hoy.

Los fragmentos fueron acompañados en piano por Yudalys Perdomo, y el propio Cuadra dirigiéndola tanto a ella como los cantantes para conseguir la expresión necesaria, el punto de inflexión justa. En primer lugar, dos arias de “Velleda” (1898) de Raoul Hügel, compositor chileno de origen alemán imbuido en el wagnerismo. De hecho, la línea melódica del “Aria de Velleda” cantada por Marisil Caparotta tiene más que una reminiscencia de “Tristán e Isolda”.

Alfonso Leng es uno de nuestros compositores más reconocidos, y en sus inicios trabajó en una ópera que no concluyó, “María” de 1903. Reconocemos en el aria de la protagonista, interpretada por Belem Abraham, el profundo nexo de Leng con el mundo del lied alemán. De la misma generación de Leng, Próspero Bisquertt recogió la influencia del impresionismo francés en su música, lo que se nota en su ópera “Sayeda” de 1929, que en una época fue representada con frecuencia en el Teatro Municipal. De esta se escucharon tres trozos cantados por Soledad Mayorga, Alex Valencia y Nicolás Suazo.

Muchos recordarán que en los años 1998 y 2003 se presentó en el Municipal la ópera “Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta” de Sergio Ortega. Desde esa vez, no se hacía un título nacional en ese escenario desde 1972, cuando se estrenó “Ardid de Amor” de Roberto Puelma, una obra aun más antigua, de 1951. Se trata de una ‘ópera buffa’, que sigue las convenciones del género, con enredos amorosos y cambios de identidad, y con una música acorde. De esta se oyó un cuarteto, con las voces de Marisil Caparotta, Belem Abraham, Alex Valencia y Rodrigo Navarrete.

El plato fuerte de la noche sin duda fue el poder escuchar casi la totalidad del primer acto de “Lautaro” (1901) de Eleodoro Ortiz de Zárate, una obra que marcó época por lo ambiciosa que fue, más que por la recepción del público y los críticos de la época, que fueron despiadadamente hostiles. Desde su presentación en el Municipal en 1902 que no escuchaba esta música, y debemos afirmar que Ortiz de Zárate realmente fue un compositor bastante más competente de lo que dicen los reportes de los periódicos de la época. Su “Lautaro” es estilísticamente una mezcla entre la ‘grand-ópera’ francesa (del tipo Meyerbeer) con el Verdi del Risorgimento.

Sebastián Ferrada, tenor uruguayo con estudios en Italia, cantó las partes del rol titular, con una poderosa voz y un enfoque netamente verdiano, que demuestran su pulida técnica. William Camus (Pedro de Valdivia), Soledad Mayorga (Guacolda), Nicolás Suazo (Catiray), Rodrigo Navarrete (Ayamanque) hicieron todos un dedicado trabajo, cerrando de manera fantástica esta educativa velada. Si hay alguna de estas óperas que debería volver a presentarse en el Municipal, definitivamente debería ser “Lautaro”.

Álvaro Gallegos M.
6 de Junio, 2015, Beethoven FM

LA TRAVIATA – Corporación Cultural de la Universidad de Concepción, Concepción. 2013.

“Una versión que cautiva en varios aspectos. La dirección escénica de Gonzalo Cuadra viaja con fluidez y sin traicionar el espíritu de la obra, desde el total desenfado a la oscuridad trágica. Esta “Traviata” muestra una sociedad bohemia joven, alegre y nada elegante, que goza la vida como si el mundo se fuera a acabar. Un mundo de emociones efímeras en el que de pronto despunta el amor inexperto de Alfredo por Violetta. Cuadra llama a su elenco a vivir con intensidad la historia y también el juego que él propone, donde las burbujas y la risa alternan con imágenes de pesadilla y de rito. El conjunto, atractivo y entretenido para el público, exige un comprometido y coreográfico trabajo de parte de los solistas y del coro.”

(El Mercurio, 19 de Agosto de 2013)

“UNA ROMÁNTICA Y FESTIVA TRAVIATA EN CONCEPCIÓN. […] Su historia de amor imposible que termina en tragedia, tan conocida por muchos amantes de la ópera por lo demás, fue contada claramente por el equipo comandado por el régisseur Gonzalo Cuadra. […] Un punto que merece ser destacado de esta Traviata fue su carácter celebratorio. Lo decimos por el júbilo obtenido en las dos escenas de fiesta que contempla la obra, momentos llenos de humor, vivaces.”

(Radio Beethoven, 18 de Agosto 2013)